Amor translúcido

Cuando tenía unos 7 – 8 años me gustaba una niña de mi clase.

Se llamaba Teresa.

Era rubita y con la cara muy redonda.

Tenía un lunar en la mejilla.

Fue mi «primer amor».

Y lo que yo pensaba que se hacía por aquel entonces para que correspondieran tu amor era:

1) Ser extremadamente tímido y nunca dirigirle la palabra.
2) Sacar buenas notas, para que viera que yo era buena gente.
3) Hacer un regalo.

Muy lógico todo.

Los dos primeros puntos estaban dominados.

Para el tercero, tenía dos problemas:

1) Cero pesetas de presupuesto.
2) Ni idea de qué regalarle a una niña de 7 – 8 años.

Pero, un día, me encontré en algún sitio tirado un pequeño corazón de plástico translúcido.

Muy cutre.

Pero para mi fue como encontrar un cristal de Swarovski.

Lo mirabas a contraluz y emitía destellos y todo.

Se le podía poner una cadena o cuerda para llevarlo al cuello, pero venía sin nada.

Así que, conseguí robé del costurero de mi madre, un hilo de lana color fresa ácida

…se lo puse al Swarovski…

…y creé un colgante de amor.

Amor translúcido.

Llevé ese colgante durante semanas oculto en mi mochila del cole.

(Mochila que aún conservo, por cierto).

Esperando a reunir las fuerzas suficientes para darle el regalo.

Solo necesitaba tener esa valentía, porque, por lo demás, ¿qué podía fallar?

– Jamás me había metido con ella y sacaba buenas notas.
– No era del todo feo, solo me sobraban unos kilillos.

Todo un partidazo de novio.

Así que un día, llevé en mi bolsillo el colgante de Swarovski durante toda la mañana…

Y esperé a que el profe emitiese un pitido (con un silbato) de fin de clase de gimnasia.

*¡Piiiiiiip!*

Llegó el momento.

Ella se quedó rezagada y sin la escolta de su grupo de inseparables amigos y amigas.

Y entonces me acerque y le dije…

— «Teresa…»

Se giró y me miró.

Yo deposité gentilmente ese collar de cristal austriaco en sus manos.

— «Toma, para ti».

Teresa lo miró durante un par de segundos que parecieron años…

…frunció el ceño al observar su resplandeciente translucidez…

…me miró a mi otra vez…

Y me devolvió el collar y dijo:

— «No lo quiero, ¡gracias!»

Y se marchó corriendo con su grupo de amigos y amigas.

A lo lejos, con el orgullo destrozado, aún pude escuchar como alguien decía:

«¡Jaja, se ha declarado se ha declarado!»

Fin de mi historia de amor.

¿Cuál es el punto de contarte esta humillación gratuita?

Pues mira…

Que cuando se trata de vender no basta con tener buenas intenciones o el mejor copy del mundo.

Tanto si piensas que mi cristal de Swarovski era un maravilloso regalo entre niños de 7 u 8 años…

…como si opinas que era una cutrez totalmente sin sentido a esa edad…

Se lo estaba vendiendo a un público que no lo quería.

No estaba interesado en lo que yo tenía que ofrecer.

En definitiva…

La publicidad no puede hacer milagros.

Y yo, por tanto, no vendo milagros.

Ni amores imposibles.

Por eso, si quieres que te ayude a vender lo que sea que vendas…

Primero tendrás que enseñarme tu cristal de Swarovski.

Y luego contarme de quien te has enamorado.

Si me convences de que hay futuro en esa relación…

Lo llevaré en mi mochila todos los días para encontrar la mejor manera de venderlo.

💔 Rafa Moya

PD – No recuerdo qué fue del collar… Es posible que aún esté por ahí perdido entre mis recuerdos de la infancia. Pero a día de hoy, te aseguro que escribiría una carta de ventas con la que hasta Teresa me lo quitaría de las manos.